Aunque solo las madres pueden vivir el embarazo, parto y lactancia, la evoluci√≥n cre√≥ otras maneras de que los padres humanos se adapten al rol paternal, hasta el punto de que los cerebros de los hombres que se involucran en el cuidado de los ni√Īos tambi√©n experimentan cambios. Convertirse en padre puede parecerse mucho a enamorarse.

Los cerebros de los hombres también experimentan cambios si se involucran en el cuidado de los hijos.

La paternidad no es lo que era. Esos padres ausentes que no tienen ni idea del curso en el que est√°n sus hijos han dado paso a hombres que se implican en la crianza tanto o m√°s que sus parejas (puede que hasta demasiado, como los llamados ‚Äúpadres helic√≥ptero‚ÄĚ). O pensemos en aquellos hombres que se iban al bar y pasaban el parto de la esposa entre licor y licor. Aunque sigan existiendo, desde luego no son la norma. Pues bien: ahora sabemos que la biolog√≠a respalda la creciente implicaci√≥n paterna en el cuidado de los hijo: el acto de cuidar de un ni√Īo forja nuevos caminos neuronales y transforma el cerebro.

M√°s oxitocina y menos testosterona

La oxitocina, conocida popularmente como ‚Äúla hormona del amor‚ÄĚ, siempre se consider√≥ una hormona materna. Facilita el parto y la producci√≥n de la leche y, adem√°s, tiene un papel importante en el v√≠nculo que la madre establece con el beb√©. Un nuevo estudio de la Universidad de Emory prueba que los hombres tambi√©n son sensibles a las variaciones de los niveles de oxitocina cuando van a ser padres. Tal y como les sucede a las madres, los pap√°s experimentan cambios hormonales que les preparan para enfrentar mejor su nuevo rol.

Otros estudios anteriores, como este de la Universidad de Michigan, sugieren que estos cambios hormonales ocurren mucho antes de que nazcan los hijos, de forma pararela a las transformaciones que vive la mujer embarazada. Mientras sube la oxitocina, se reduce la testosterona -una hormona que entre otras cosas se relaciona con la agresividad- posiblemente porque se vuelven m√°s sensibles a las necesidades sus peque√Īos. As√≠ que cuando a un hombre se le ve m√°s tierno al estrenar paternidad no andamos desencaminados: efectivamente, su qu√≠mica interna ha cambiado.

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Los cambios van más allá de las hormonas. Estudios como este muestran que el cerebro de los hombres que se implican activamente en la crianza de sus bebés también sufre transformaciones significativas; se activa una red de procesamiento emocional que brinda al padre la motivación que necesita para atender a su bebé y, por otra parte, se activa otra red más compleja formada por las áreas del cerebro que procesan la empatía. Cuando los padres son los principales cuidadores del bebé, su amígdala, la zona donde se procesan las emociones, sufre los mismos cambios que los que se producen en la amígdala de las madres.

Solo con mirar al beb√©, los llamados ‚Äúcentros de recompensa‚ÄĚ del cerebro de la madre se iluminan, seg√ļn muestran varios estudios. En su conjunto, estos cambios ayudan a cuidar al beb√© y tambi√©n a proteger su propio estado emocional. Modifican, por otro lado, la manera en que una madre habla a su beb√©, lo atenta que est√°, e incluso el afecto que siente ante su hijo, as√≠ como los sentimientos que tiene con respecto a su cr√≠a frente a otros beb√©s en general.

Ahora sabemos que eso tambi√©n les ocurre a los pap√°s, y que el llamado ‚Äúinstinto maternal‚ÄĚ quiz√° no sea tan diferente para ellos. Al final, podr√≠amos resumirlo as√≠: convertirse en madre se parece mucho a enamorarse. Convertirse en padre -siempre que el pap√° se implique en la crianza del beb√©- tambi√©n.