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La historia de la mujer que lo dejó todo para recorrer el mundo sola en bicicleta

Acabo de volver de un viaje en el que he recorrido 27 países en bicicleta, unas 19,000 millas, durante tres años. He vencido la malaria tres veces, he trabajado en un velero que estuvo a punto de naufragar, he sufrido varios atracos y un intento de violación. Mi propósito: servir de inspiración a otras mujeres.

Nací en Las Palmas de Gran Canaria (España), y estudié en un colegio de monjas muy estricto y convencional femenino donde se nos educaba específicamente para ser fieles esposas dedicadas a la vida familiar. Tener otras aspiraciones estaba prohibido. Así que, en lugar de informática y alemán, me enseñaron encaje de bolillo y macramé. De todas formas, aunque lo aprendido no me sirvió mucho para desenvolverme en la vida y bastantes cosas iban en contra de mi naturaleza, me alegro de los valores que me inculcaron y la educación deportiva que me dieron.

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Tras mi graduación en Madrid regresé a Canarias para comenzar a trabajar en un diario y a los pocos años di el salto a Televisión Española, donde comencé mi activismo por los derechos de la mujer viajando en solitario en bicicleta por las siete Islas Canarias para promulgar la igualdad entre hombres y mujeres. Esta aventura desembocó en un libro (Sola, ruta por la igualdad), y me inspiró para realizar un viaje de más envergadura bajo el mismo lema. Fue el detonante por el que he dedicado mi vida a inspirar a otras mujeres para que las únicas cadenas que lleven sean las de su bicicleta.

Ahora, y después de tanto tiempo viajando, valoro cada día más a mi familia y me considero una privilegiada por haber nacido en ella y haber tenido la oportunidad de estudiar y educarme con unos padres que se sacrificaron por sus hijos. Desgraciadamente, esto no ocurre en la mayor parte del mundo que he recorrido en bicicleta.

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Un buen día, hace tres años, le dije a mi madre que me iba a dar la vuelta al mundo en bicicleta ante su mirada perpleja. Así que volé a Sudáfrica con mi bicicleta en una caja y desde allí comencé a pedalear por todo el este de África hasta Etiopía, pasando por Mozambique, Malawi, Tanzania y Kenia. En Addis Abeba cogí un avión y crucé el Océano Índico hasta Bombay, ya que Arabia Saudí me denegó el visado por viajar sin un hombre.

En Bombay inicié un complicado periplo en solitario por la India que me llevó a Nepal, Sudeste Asiático, Singapur e Indonesia. Desde Bali volví a volar a Nueva Zelanda y después de recorrer este increíblemente bello país volví a sentarme en un avión para aterrizar en Los Ángeles. Había pasado un año desde que empecé en África el viaje de mi vida. Desde Los Ángeles recorrí California y Arizona para cumplir uno de los grandes retos de esta odisea en dos ruedas, llegar al Gran Cañón. Posteriormente seguí hacia el sur y entré en México por Tijuana. Tras recorrer todo el desierto de La Baja, crucé el Mar de Cortés trabajando a bordo de un velero que estuvo a punto de naufragar, razón por la cual nos rescató la Armada Mexicana. Después de cuatro días, llegué sana y salva a México continental y seguí pedaleando hacia el sur, pasando por México D.F., donde pasé mucho miedo debido al tráfico y a algunos intentos de atraco de los que escapé milagrosamente.

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En Puebla conocí a Marika Latsone, una fotógrafa de Letonia que me acompañó durante el resto del viaje hasta Ushuaia, la ciudad más austral del planeta, en una etapa que nos llevó dos años debido a la dificultad del terreno en Latinoamérica. Llegamos juntas el pasado 21 de abril.

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He tenido experiencias negativas en contadas ocasiones. Lo pasé mal en las carreteras de Mozambique y Tanzania por su mal estado y por lo temerario que era el tráfico. Al igual que en la India, donde al peligroso tráfico había que sumar el constante acoso sexual. Llegué a Nepal con un ataque de nervios. En Malasia me intentaron violar dos hombres por la noche cuando atravesaba la jungla de Taiping, en el norte del país. Esa fue la peor experiencia de todo el viaje porque verdaderamente sentí que era el último día de mi vida. En El Salvador me atracaron dos hombres con sendos machetes en mano y en Colombia un camionero me apuntó con un rifle. Por lo demás, la gran mayoría de las experiencias han sido positivas.

He viajado casi todo el tiempo por el Tercer Mundo o por países en vías de desarrollo porque es donde peor está la situación de la mujer. He intentado servir de inspiración para animar a otras mujeres a ser independientes y conseguir poder económico y político. En muchos países la mujer es prácticamente esclava del hombre, aunque en diferente grado según el nivel de desarrollo. Me he dado cuenta de que la calidad de vida de la mujer es proporcional al desarrollo económico. Sin embargo, la riqueza tampoco es garantía de liberación femenina. Y de que las religiones son uno de los mayores escollos para la mujer y casi siempre responsables del lavado de cerebro que se ejerce sobre ellas desde su niñez en algunos países. También creo que el acceso a la educación es nuestra única salida para luchar contra esta situación en todo el mundo y que es vital que cooperemos ente nosotras y nos apoyemos para salir de una injusticia social que convierte a los niños en las principales víctimas. La violencia contra la mujer en estos países fue otro de los aspectos más traumáticos de mi viaje y, sinceramente, me llena de rabia. La violencia sexual hacia la mujer está institucionalizada en medio mundo.

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Cada día recibo decenas de mensajes de mujeres de todo el mundo dándome las gracias por ser la luz que ilumina su camino desde que me siguen. Con mi blog las aliento a aventurarse solas, a caminar sin miedo, a ser independientes psicológica y económicamente, a ejercitarse a diario, a educarse y a estudiar para no ser fácilmente manipulables. Promociono el girl power a diario y me siguen muchos hombres. ¿Te lo puedes creer? Lo mismo hago en las conferencias que ofrezco gratis allá a donde voy. Son auténticas inyecciones de adrenalina. Animo a las mujeres para que no tengan miedo; si yo pude, ellas también, porque no hay límites, sólo los que nosotras nos ponemos.

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