Generosidad y felicidad van de la mano. No es que lo dudásemos pero es que ahora un nuevo estudio prueba que el altruismo, incluso en pequeñas dosis, nos hace más felices.

Nuestra experiencia cotidiana así lo indicaba. Ahora este estudio, que acaba de publicar la revista Nature, confirma eso que es tan fácil de experimentar en el día a día. Hacer algo bueno por otra persona proporciona a la gente una sensación placentera. Por contra, las personas que solo piensan en sí mismas son más infelices. Pero ¿por qué? Expertos de varias universidades europeas y de Estados Unidos han investigado cómo se comunican diferentes zonas del cerebro para producir este sentimiento de calidez; sus conclusiones explican mejor la interacción entre el altruismo y la felicidad.  

En sus experimentos, los investigadores encontraron que el grado de generosidad no es determinante para incrementar el bienestar. “No necesitas convertirte en un mártir para ser más feliz. Con ser un poco más generoso basta”, dice Philippe Tobler, neuroeconomista de la Universidad de Zurich, en Alemania.

Otra cuestión importante es que la intención, en sí misma, ya provoca cambios neuronales. Esto quiere decir que, la sola promesa de comportarse de forma generosa activa la zona altruista del cerebro e intensifica la interacción con aquella que se asocia con la felicidad. “Es notable que la intención en sí misma genere un cambio en las neuronas antes incluso de que se implemente la acción,” señala Tobler. “La promesa de comportarse generosamente podría utilizarse como una estrategia para reforzar comportamientos deseados, por un lado, y para sentirse mejor, por otra”, añade el experto.

Quedan, no obstante, cuestiones importantes por responder: ¿puede entrenarse y fortalecerse la comunicación entre esas regiones del cerebro? ¿De qué manera? ¿Sigue teniendo efecto esta relación si se usa de forma deliberada -esto es, si la persona es generosa únicamente para sentirse más feliz?

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Mientras llegan respuestas a estas preguntas, lo que está claro es que este y otros estudios podrían (o mejor dicho, deberían) tener implicaciones en una sociedad que subestima los beneficios del comportamiento generoso y sobrestima el efecto de los motivos egoístas para alcanzar la felicidad.

¿La persona altruista, nace o se hace?

Al parecer, los cerebros de la gente extraordinariamente altruista tienen una amígdala derecha (una zona del cerebro asociada con las respuestas ante el miedo) de tamaño superior. ¿Qué influencia tienen estas estructuras cerebrales en el cerebro? Para resolver esta pregunta, un equipo de investigación de la Universidad de Yale examinó los casos de héroes (concretamente, personas que han recibido una medalla por salvar la vida de otros) para concluir que sus decisiones estuvieron dominadas por la intuición, y que son significativamente más intuitivos. ¿Hasta qué punto estas diferentes estructuras del cerebro están influenciadas por los actos o por la naturaleza? Dicho de otro modo: la persona altruista ¿nace o se hace? Habrá que esperar a ver qué nos deparan nuevos estudios.