Guillem Cabrera es un niño español de trece años que baila desde los dos a cualquier hora y en cualquier parte. Con mucho talento y esfuerzo consiguió entrar en la Royal Ballet School británica, la más prestigiosa del mundo. El mérito no es sólo suyo: sus padres se desvivieron para apoyarle y encontrar fondos para pagar sus estudios.

Muchos lo conocen como el Billy Elliot catalán. Sería una etiqueta que, en parte, podría ayudarnos a conocer mejor a Guillem Cabrera. Aunque a él no le guste. A ambos les une su pasión por la danza. Un talento natural para bailar. Eso sí, a diferencia del protagonista del film protagonizado por Jamie Bell, Guillem tiene el apoyo total e incondicional de sus padres para proseguir con su talento. Tanto que ha llevado a la familia a tomar decisiones de calado, pensando en el futuro de su hijo. Pensando en qué era lo mejor para Guillem, teniendo en cuenta su don y su sueño: ser un bailarín en la mejor compañía del mundo. Como su gran ídolo: Steven McRae.

Germà y Sílvia, los padres de Guillem, son un matrimonio sencillo, gente trabajadora de Manresa, cerca de Barcelona. Satisfechos con todo lo que tienen. Sin aspirar a nada más que ser felices con los suyos. Pero, como todo padre y madre, quieren lo mejor para sus hijos. En este caso, Guillem y su hermano Gerard. Siempre lo han tenido muy claro.

Muchas veces le han preguntado a Guillem por qué baila. Y él siempre responde lo mismo: “Bailar me transporta a un estado de plenitud, de felicidad absoluta. Y estos sentimientos han ido aumentando a medida que he ido aprendiendo a bailar y a expresarme a través de la danza”. E incluso va más allá, utilizando una metáfora. “Los pies se transforman en alas que me permiten volar. Un pájaro que vuela libre, sin fronteras”. Aunque el dinero, en este caso, podría haber sido un muro infranqueable.

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Con tan sólo 11 años, Guillem pasó las pruebas de acceso de la escuela de mayor prestigio en el mundo del ballet, la Royal Ballet School de Londres. Fue un regalo de Reyes de sus padres. Sin embargo, en ese momento, Germà y Sílvia no eran conscientes de cómo ese regalo iba a cambiarles la vida. Guillem fue uno de los 12 niños seleccionados de entre los más de 500 de todo el mundo que realizaron las pruebas. Pero el coste anual de la inscripción para la Royal Ballet ascendía a más de 42.000 dólares. Un coste inasumible para la familia. Guillem, tenaz y persistente, y Sílvia, sufridora y emocional, aguantaron viento y marea. Luchando contra cada puerta que se les cerraba. Haciendo frente, como podían, a cada respuesta negativa que los hundía un poco más. Hasta que salieron a flote. Gracias a la ayuda de mucha gente viraron un mar de noes para subirse a una ola desconocida. No sabían dónde les iba a llevar.

Imagen de Germán Cabrera.

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Encontraron unos tutores para Guillem, coordinaron sus salidas de la escuela, siempre con temor. Desde la distancia. Cuidando de su hijo, que estaba a más de 1.500 kilómetros de distancia. A pesar del sueño, de la ilusión, Guillem no se adaptó al centro durante las primeras semanas. Extrañaba a sus padres y a su hermano. No paraba de llorar. Las llamadas nocturnas, en el poco rato del que disponía fuera de las clases y del estricto rigor que regía su día a día eran un mar de lágrimas que dejaba a sus padres tocados. Pero nunca hundidos. Guillem era consciente que estaba en el mejor sitio para prosperar en su obsesión. Quizás el sacrificio era excesivo para un niño de 11 años. Con una madurez poco habitual para su edad, y con las palabras y mensajes diarios de sus padres, fue capaz de darle la vuelta a la situación. Y convertirse, con el paso de las semanas, en un niño más. Manteniendo intacta su ilusión por bailar. Y por aprender de los mejores. Superándose a sí mismo, y agarrándose cada noche a aquella almohada que había comprado con sus padres en un centro comercial de la capital británica.

Casi un año y medio después de todo aquello, Guillem Cabrera está a punto de terminar ya su segundo curso en la Royal Ballet School de Londres. Es como un niño inglés más. Atrás quedaron las dudas, los miedos, los lloros, los problemas con el idioma, la inadaptación… y ha sabido aprovechar la oportunidad para bailar en la Royal Opera House de Londres, interpretando el papel de William Frankenstein, al lado de su referente, Steven McRae. Sus padres, Germà y Sílvia, siguen echándole de menos. Eso es inevitable. Pero miran con orgullo el punto al que les ha llevado toda esta aventura de lucha por el sueño, por el tesoro, de su hijo. Eso sí, siguen recabando fondos para poder hacer frente a la cuota anual de la escuela. Dos años más y Guillem ya podrá ser considerado como un niño inglés. Y por aquel entonces ya podrán solicitar una beca para hacer frente a la cuota de la Royal Ballet School. El sueño de Guillem continúa. Y su felicidad también. Como bien decía Vicki Baum, “hay atajos para la felicidad, y el baile es uno de ellos”.

Marc Cornet, periodista, es autor del libro Cuando los pies son tus alas, de Guillem Cabrera (Libros Cúpula).