Ante las encruzijadas, solemos dejarnos llevar por el corto plazo, que no es buen consejero. Foto de iStock.

Hay ocasiones en las que pagaríamos todo el oro del mundo con tal de que algún genio sacase su varita mágica y decidiese por nosotros. La mayoría de las personas se atasca en momentos peliagudos en los que tienen que decidir si continuar una relación, mudarse a otro continente o seguir o no un tratamiento médico, por ejemplo. Pero hay también quien se detiene a deshojar la margarita hasta para elegir el sabor del helado.

La cuestión es que nos apegamos tanto a los que nos preocupa que quizá no prestamos la adecuada atención al impacto que tendrá esta decisión en el futuro. Una técnica muy sencilla para salir del atasco lleva el nombre 10/10/10, y lo propone Suzy Welch, periodista económica y autora súper ventas. Welch sabe de lo que habla porque hizo equilibrismos entre su exitosa vida profesional y sus cuatro hijos.

Se trata de ver cuáles serán las consecuencias de nuestra elección en el largo, corto y medio plazo -es decir, lo que sentiremos en tres momentos diferentes- con tres preguntas clave:

¿Cómo me sentiré dentro de diez minutos?

¿Cómo me sentiré dentro de diez meses?

¿Cómo me sentiré dentro de diez años?

Visto en retrospectiva, es fácil observar cómo algunas de las cosas ante las cuales nos atormentamos en el pasado -pongamos una conversación difícil o decidir si comprar un carro nuevo- no eran para tanto, y cómo podríamos habernos ahorrado tantos desvelos.

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Uno de los problemas cuando nos enfrentamos a esas encrucijadas es que nos dejamos llevar por el corto plazo, que no suele ser muy buen consejero. Cuando las personas reflexionan sobre las peores decisiones que tomaron en su vida, dice Welch, a menudo se dan cuenta de que se dejaron arrastrar por emociones viscerales (como la ira, la ansiedad o la avaricia). Por eso tiene tanto sentido aquello de consultar con la almohada. Solo que el sueño no es suficiente; necesitamos una cierta estrategia porque lo que sentimos en el presente es muy intenso, y el futuro se percibe como algo demasiado incierto. El presente, dicho de otra forma, tiene demasiado poder, porque nuestras emociones en el momento actual siempre están en primer plano. Por eso es importante imaginarnos cómo nos sentiremos dentro de diez meses con la misma frescura con la que percibimos el presente.

Mejor decidir por la mañana

Cualquier decisión puede analizarse por partes. Es lo que los psicólogos llaman “el modelo Rubicón”, en referencia al río donde César, el emperador romano, pasó una noche atormentado por las dudas: si lo cruzaba, se consideraría una invasión a Roma. Tras comerse el coco durante toda la noche, César pronunció su famosa frase (“alea iacta est”, la suerte está echada), y decidió dar el salto. Pues bien: cruzar el Rubicón es más cansado que mantenerse en cualquiera de las orillas. Es decir, te agotas más en el acto de decidir que quedándote en uno u otro lado del río, por seguir con la metáfora.

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Decidir cansa, y por eso, el momento del día en que uno toma la decisión es crucial. Al final del día estarás en peores condiciones de elegir lo más apropiado que por la mañana. Tras investigar el comportamiento de los jueces -profesionales que se ganan la vida decidiendo- los psicólogos llegaron a la conclusión de que tienes más posibilidades de seguir entre barrotes si tu juicio se celebra por la tarde.

Cuando ya no puede más, el cerebro opta por uno de estos dos atajos: a. Se convierte en un irresponsable y actúa impulsivamente. b. No hace nada, y evita tomar decisiones. Estamos ante la llamada “fatiga de las decisiones”, una teoría que indica que disponemos de un almacén finito de energía mental disponible para decidir y para el autocontrol. Si te pasas el día evitando el chocolate o las patatas fritas, serás menos capaz de decir que no a otras tentaciones, sin importar cuál sea su calado.