“No es que tenga miedo a morir. Es que no quiero estar ahí cuando ocurra”. La frase de Woody Allen refleja muy bien el sentir frente a ese momento inevitable ante el que la mayoría sentimos pánico. Y, sin embargo, los estudios más recientes indican que para los moribundos la experiencia es mucho más positiva de lo que imaginamos.

La muerte es más aterradora cuando pensamos en ella en abstracto que cuando la tenemos muy cerca, o al menos así lo indican las investigaciones publicadas recientemente en el diario Psychological Science. Se basan en los testimonios de varios grupos de personas: por un lado, enfermos terminales; por otro, condenados a muerte y, en tercer lugar, un grupo de personas sanas que para este experimento imaginaron encontrarse en una situación tan extrema como la de los otros dos grupos anteriores. La conclusión de este estudio es que los moribundos sienten emociones más positivas que los que imaginan su fin, porque nuestras expectativas sobre la muerte difieren de la realidad.

Advertisement

Los psicólogos al frente de esta investigación, procedentes de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, habían observado cómo el lenguaje de la autora y cineasta Amy Krouse Rosenthal diez días antes de su muerte estaba repleto de amor y esperanza. Rosenthal escribió una enternecedora columna en el diario The New York Times titulada Quizá quieras casarte con mi marido para ayudar a su esposo a encontrar pareja tras su muerte. “He estado casada con el hombre más extraordinario durante 26 años (...). Es un hombre del que es muy fácil enamorarse”, escribe Rosenthal.

“Aunque esa positividad parece algo extraño en alguien que está cerca de la muerte, nuestro trabajo muestra que es bastante típico”, señaló el autor del estudio, Kurt Gray. “Cuando imaginamos nuestras emociones al aproximarse la muerte, pensamos sobre todo en tristeza y terror. Pero lo que ocurre es que morirse es menos triste y terrorífico -y más feliz- de lo que pensamos”.

Los investigadores encontraron un aumento de emociones positivas -que se traduce en por ejemplo, mayor uso de palabras como felicidad y amor- y un descenso de las negativas a medida que se acerca el final, tanto en los enfermos terminales como en los presos en el corredor de la muerte.

Advertisement

La explicación, en parte, se encuentra en nuestro enorme poder de adaptación, que nos permite seguir haciendo nuestra vida tanto si estamos muriendo como si no. “En nuestra imaginación, morirse es solitario y sin sentido”. Sin embargo, las palabras finales de los moribundos están repletas de amor, conexión social y significado.

La conclusión podría ser esta: la muerte es inevitable, pero el miedo que rodea a la experiencia no.

Pensar en la muerte clarifica nuestra vida

En la película Ahora o nunca, dos hombres gravemente enfermos (en el filme, Jack Nicholson y Morgan Freeman) toman la decisión de abandonar el hospital y emprender un viaje para hacer, en el poco tiempo que les queda, las cosas pendientes que siempre postergaron. En una escena de la película en la que los protagonistas están frente a las pirámides egipcias a la hora del atardecer, Freeman le explica a Nicholson que, de acuerdo con la sabiduría tradicional egipcia, al llegar a las puertas del cielo te preguntan dos cosas:

¿Has experimentado alegría en tu vida?

¿Has hecho feliz a alguien más en tu vida?

Y es que el contacto con la muerte puede producir un cambio profundo. Comprender que nada es para siempre puede llevarnos a reevaluar nuestra vida y las prioridades. Lo expuso muy bien la enfermera australiana Bronnie Ware hace unos años. Durante mucho tiempo, Ware estuvo al cuidado de personas en su lecho de muerte, a las que preguntó sobre aquello de lo que se arrepentían. Ware agrupó estas cuestiones en cinco bloques y escribió sobre ello en un blog que se hizo tan popular que dio lugar al libro Los cinco mandamientos para tener una vida plena.

Un detalle interesante es que los lamentos de los moribundos se refieren a cosas que no hicieron: la gente no parece arrepentirse de algo que sí hizo. Quizá porque, en palabras de Ware, “todo lo que hacemos en nuestra vida, bueno o malo, nos ayuda a aprender algo. Por eso es más común arrepentirse de algo que no hicimos”.

Las cinco principales cosas de las que se arrepienten los moribundos, de acuerdo con Ware:

1. Ojalá hubiera tenido el coraje de ser fiel a mi mismo y vivir la vida que quería en lugar de la que otros esperaban de mi.

Advertisement

“Este es el arrepentimiento más frecuente. La mayoría de la gente no ha cumplido ni la mitad de sus sueños y va a morir con el conocimiento de que esto se debe a las decisiones que ha tomado o dejado de tomar. La salud trae consigo una libertad de la que muy pocos son conscientes hasta que ya no la tienen”.

2. Me gustaría no haber trabajado tan duro.

“Es la reflexión de todos los hombres a los que cuidé. Echan de menos la infancia de sus hijos y la compañía de sus parejas. Se arrepienten profundamente de haber pasado tanto tiempo en la rutina de una existencia dedicada al trabajo”.

3. Ojalá hubiera tenido la valentía de expresar mis sentimientos.

“Muchas personas suprimieron sus sentimientos para evitar conflictos. Como resultado, se conformaron con una existencia mediocre y nunca llegaron a lo que podrían haber sido capaces de alcanzar. Muchos desarrollaron enfermedades relacionadas con la amargura y el resentimiento”.

4. Me gustaría haber estado en contacto con mis amigos.

“A menudo no se percataron de lo valiosos que son los viejos amigos hasta que llegaron al final. Todo el mundo que está muriendo echa de menos a sus amigos”.

5. Ojalá me hubiera permitido ser más feliz.

“Muchos no comprendieron, hasta el final, que la felicidad es una elección”.