Hace unos días terminé un curso para entrenar la compasión. Si suena raro, es porque lo es. Podría haber estado tomando cervezas, viendo series de Netflix o paseando por el parque, pero en lugar de eso compartí con 25 extraños un curso de ocho semanas para cultivar la compasión diseñado por la Universidad de Stanford.

¿Por qué, me preguntaban mis amigos, haces una inversión de tiempo y dinero tan, en fin, peculiar? Como señala Richard Davidson, neurocientífico y profesor de Psicología y Psiquatría en la Universidad de Wisconsin, la pieza clave para tener una mente sana es la compasión, una cualidad que solía infravalorarse.

Advertisement

Hasta ahora. Cada vez más estudios e instituciones relevantes creen que es importante potenciar de forma activa la cualidad que quizá nos haga más humanos con cursos como el que hice yo misma, creado en 2009 por el traductor principal del Dalai Lama junto con un grupo de neurocientíficos, psicólogos y terapeutas. Un estudio reciente, dirigido por investigadores de la Universidad de California y la Universidad de Stanford y publicado en la revista Mindfulness investigó su eficacia y mostró que los participantes se volvieron más capaces de regular y mejorar sus estados emocionales negativos como la ansiedad y el estrés, y aumentar los estados positivos.

¿Es ese mi caso? No me he convertido en una santa de la noche a la mañana, pero lo que sí puedo confirmar es que es una herramienta muy valiosa para lidiar con algo que todos, quien más quien menos, tenemos en nuestra vida, a veces en abundancia: las personas difíciles. El diario The Wall Street Journal publica esta semana un artículo (que también puedes encontrar traducido al español aquí) que recuerda que las investigaciones más recientes prueban que la mejor manera de evitar la ansiedad, la alta presión arterial y el malestar -ese caldo maloliente de emociones negativas que a menudo nos provocan las personas que nos caen mal- consiste en prepararse para ello.

Los ejercicios invitan, por ejemplo, a reflexionar sobre el hecho de que aquella persona difícil es el hijo o hija de alguien, el padre o la madre, el hermano o la hermana de alguien—tal como tú—y tiene sus propias esperanzas, sueños y aflicciones.

Advertisement

No se trata de perdonar. Este es uno de los principales malentendidos. No se trata de perdonar (eso ya es para nota) sino de desarrollar compasión hacia esa persona, reconociendo que él o ella sufre y generar el deseo de que disminuya su sufrimiento. ¿A quién beneficia esto? A la persona que genera la intención. “Hay consecuencias en nosotros mismos respecto a las emociones que tenemos cuando generamos pensamientos negativos hacia alguien o cuando tratamos de evitarlo; el entrenamiento nos ayuda a dejarlo ir”, afirma Hooria Jazaieri, investigadora en el Greater Good Science Center en la Universidad de California en Berkeley.

No es necesario completar todo el programa para aprender a lidiar mejor con esos seres que nos atormentan. Estas son cinco pautas que pueden resultar de utilidad:

1. No suprimas tus pensamientos, o no pienses en un oso blanco

Quizá hayas oído hablar del estudio clásico que solicitaba a los participantes no pensar en un oso blanco. ¿Qué es lo que ocurre? Que el oso blanco se apoderó de sus pensamientos. Pasará lo mismo con la persona difícil. Si en tus pensamientos emerge un recuerdo o el nombre de la persona difícil -en mi caso, por poner un ejemplo, esa tía que aprovecha cada reunión familiar para recordarme que he cogido peso, me queda mal el corte de pelo o tengo cara de cansada-, intenta prestar atención brevemente y luego deja que tus pensamientos se muevan hacia otra cosa. La supresión de pensamientos activa la amígdala cerebral, donde yace la respuesta de “lucha o huida” del cuerpo, y te vuelve más ansioso a largo plazo.

2. Reconoce que tú también puedes ser difícil

La doctora Jazaieri llama a esto la regla del “tal como yo”. Esto quiere decir que, tal como esta persona es difícil para ti, tú puedes ser la persona difícil para alguien más.

3. Sé curioso

Imagina cómo es la vida de esa persona. Es útil recordar que él o ella también tiene sueños y esperanzas, también es un padre o un hijo, una madre o una hija de alguien. Al imaginar sus dificultades, serás capaz de soltar parte de tu ansiedad o tu ira, lo cual tendrá un efecto mental y físico positivo en ti. Nuevamente, es importante recordar que no se trata de perdonar a la persona. El objetivo es disminuir la reactividad emocional que te hace daño.

4. Sintoniza con tu cuerpo

Nota cualquier cambio fisiológico que observes cuando piensas o hablas sobre aquella persona difícil —respiración corta, hombros tensos, palmas sudorosas— y observa si puedes hacer algunos ajustes. Toma una respiración profunda y relaja los músculos. Esto cambiará la forma en que reaccionas.

5. Practica, practica, practica

Es muy fácil tener buenos pensamientos hacia tus hijos pequeños u otros seres queridos. Pero la cosa se complica cuando intentas generar pensamientos positivos hacia la tía que en cada comida familiar te dice que te ve más gorda y desmejorada, o hacia ese jefe que parece existir solo para hacerte la vida más difícil. Si lo consigues, has alcanzado un nivel más alto de resiliencia emocional. Se trata de pensar en ti mismo como un atleta que prosigue su entrenamiento. Así, cuando llegue la hora del partido y te encuentres con esa persona, puedes utilizar estas habilidades.

Después de todo, nada de esto es tan raro. Aunque yo todavía no he conseguido pasar de mi tía.