Foto de Mark Solarski en Unsplash

“Cuando dormimos menos, es como si estuviéramos mirando el mundo a través de unas gafas oscuras. Estamos de mal humor. Somos más cascarrabias. La falta de sueño daña las relaciones”, dice la profesora de medicina Janice Kiecolt-Glaser, al frente de un estudio que confirma lo que nos temíamos: la falta de sueño aumenta las posibilidades de regañar más con nuestro cónyuge y de ponernos de uñas a la mínima.

Las trifulcas sobre determinados temas – a la cabeza están las finanzas domésticas y la intromisión de familiares en la vida de la pareja- están extendidas entre todos los matrimonios. Lo que cambia es la forma de llevarlas. Mientras que algunas parejas discuten de forma constructiva, otras son hostiles y negativas. ¿Qué es lo que marca la diferencia? Dormir o no dormir, esa es la cuestión.

“No es el hecho de que las parejas estuvieran en desacuerdo”, señala Kiecolt-Glaser, “es la forma en que lo hacen”. Mientras que unos -los afortunados dormilones- se manejan con humor y amabilidad a pesar de estar en desacuerdo, otros tienen un comportamiento que puede llegar a ser bastante feo. La buena noticia es que, cuando un miembro de la pareja duerme bien, mitiga el impacto de la falta de sueño en el otro.

Ya sabíamos que Morfeo, el dios del sueño en la mitología griega, es un buen aliado para los matrimonios duraderos (y para todo lo demás). Un estudio de 2013 mostró que las parejas que duermen mal tienen más conflictos maritales (aunque también podría ser que sean las peleas en casa las que quiten el sueño). Otra investigación anterior encontró que los hombres tienden a pelear más con sus esposas después de una mala noche. Por otro lado, también se sabe que uno de los efectos colaterales de la falta de sueño es que la gente se hace más hostil en sus interacciones y usa más palabras negativas.

Este nuevo estudio de la Universidad de Ohio va más allá porque mide cómo las discusiones maritales, combinadas con la falta de sueño, son tóxicas para nuestra salud. Los investigadores también analizaron muestras de sangre de los participantes para medir determinados valores asociados a la inflamación, algo relacionado con el cáncer, enfermedades del corazón y otras dolencias. Sorpresa: cuando los miembros de la pareja dormían peor, no solo era más probable que tuvieran conflictos, también tenían mayores niveles de proteínas inflamatorias en la sangre.

Advertisement

Ambas cosas -falta de sueño y conflictos maritales- son el pan nuestro de cada día. La mitad de las parejas encuestadas habían dormido menos que las siete horas recomendadas en las noches recientes, y eso está por encima de la media nacional: el 35% de los americanos duermen menos de siete horas por noche.

Se duerme mejor por separado

La Fundación Nacional del Sueño de EEUU indica que cerca del 25 por ciento de las parejas duerme en camas separadas. Hacen bien: las trifulcas conyugales a causa del robo del edredón; los ronquidos; las visitas al baño como si no hubiera un mañana y la espinosa cuestión de la regulación de la temperatura parecen indicar que la mayoría duerme mejor separados. El experto británico en sueño Neil Stanley lo tiene hasta cuantificado, y asegura que las parejas que comparten cama tienen un 50 por ciento más de posibilidades de padecer interrupciones que aquellas que deciden “divorciarse” temporalmente de noche.

Advertisement

 “Compartir cama con alguien que hace ruido y con quien tienes que luchar para mantener tu trozo de colcha no tiene sentido”, escribe Stanley, ex presidente de la Sociedad Británica del Sueño. Este experto asegura que históricamente nunca hemos compartido cama, y que el hábito se remonta a hace relativamente poco tiempo, los comienzos de la revolución industrial, cuando las familias se trasladaron en masa a las ciudades, donde disponían de menos espacio. La cuestión es que cuando dormimos somos tremendamente egoístas. “El sueño es la cosa más egoísta que puedes hacer. Si eres feliz compartiendo cama genial, pero en caso contrario, no deberías tener reparo en dormir en una cama separada”, apunta Stanley, que recuerda que dormir bien es crucial para la salud física, mental y emocional.

¿Por qué no desterrar, entonces, la anclada costumbre? Para empezar, muchas personas no disponen de un aposento extra para pasar la noche. Pero el principal inconveniente es menos prosaico: puede convertirse en un primer paso hacia un mayor grado de separación. Compartir lecho es un símbolo de intimidad. Acceso a relaciones sexuales, un lugar donde mantener la privacidad o la posibilidad de reflexionar sobre los eventos del día en la oscuridad son factores que, para la mayoría de las parejas, continúan pesando más que todos los inconvenientes mencionados.