La escena es de lo más habitual en, por ejemplo, el supermercado: niña de tres años con rabieta porque quiere jugar con algo con lo que no debe (pongamos botellas de vino); madre que le dice que no bajito, para no llamar la atención; niña que insiste en alcanzar las botellas; madre que le dice que con eso no se juega, esta vez en un tono más elevado; niña que grita y comienza a patalear; madre que se pone nerviosa ante las miradas de dependientes y compradores; niña que grita... madre que le pega un buen azote en el culo y se la lleva en volandas.

Y, sin embargo, aunque muchos nos hayamos visto en este brete, cinco décadas de investigaciones con 160.000 niños dan la razón a quienes creen que no hay un buen cachete a tiempo. Azotar tiene el efecto opuesto a lo que los padres normalmente buscan. Y todavía más: cuanto más se castiga a los niños, más agresivos y antisociales se vuelven.

El análisis más completo sobre el asunto, elaborado por la Universidad de Texas en Austin y la Universidad de Michigan, concluye que pegar a los niños cuando se portan mal tiene efectos similares al abuso físico. Cuantos más azotes reciben, más probabilidades hay de que los niños desafíen a sus padres y experimenten comportamiento anti social, agresión, problemas de salud mental y dificultades cognitivas.

“Nuestro análisis se centra en lo que la mayoría de los americanos reconocería como un azote y no un comportamiento potencialmente abusivo”, señala Elizabeth Gershoff, profesora de la Universidad de Texas y coautora del estudio. “Encontramos que el azote está asociado a resultados perjudiciales no intencionados y no con obediencia, que es lo que pretenden los padres que disciplinan a sus hijos”.

“Un cachete nunca es la manera de corregir a nadie, a un niño tampoco”, dice la pediatra Lucía Galán. “Después de pegar a nuestro hijo acabamos con cualquier otro recurso de educación, negociación y aprendizaje. ¿Qué hay después de eso? Nada. Y además, de nada sirve. Lo único que conseguiremos es que o bien genere miedo (nefasto para un niño) o que él, por imitación, nos pegue o abuse de la fuerza con otros niños y en otras circunstancias (Como mi mamá me pega, yo pego”, escribe la pediatra en su blog.

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Los investigadores bucearon en las consecuencias a largo plazo de una práctica que es mucho más común de lo que debería en EEUU; una encuesta de 2013 encontró que el 81 por ciento de estadounidenses creen que “dar un cachete a los niños a veces es apropiado”. Estados Unidos, además, no cuenta con leyes que prohíban los castigos corporales. 31 estados tienen leyes que lo prohíben en los colegios, pero otros 19 siguen permitiendo unos castigos que, según Gershoff, recaen con mayor frecuencia en niños con discapacidad y de raza negra.

Los resultados de este estudio coinciden con los de un informe difundido por los Centros de Control y Prevención de las Enfermedades (CDC) para pedir campañas educativas y más legislación para reducir los castigos corporales. “Esperamos que nuestro estudio anime a los padres para que prueben otras formas de disciplina no punitivas”, señalan los autores de la macro investigación.

Alternativas a los azotes

La psicóloga y maestra Virginia González cree que el castigo físico ni es terapéutico para el que lo imparte, ni pedagógico para el que lo recibe. “Se trata de un descontrol emocional personal del adulto, un desahogo momentáneo que normalmente genera a continuación malestar y sentimiento de culpa. Nadie concibe que en su trabajo, aunque sea por su bien, reciba un tortazo de su jefe al cometer algún fallo”.

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Además de humillar al niño y dañar su autoestima proporciona un modelo a imitar y del que aprender. No le enseña por qué suceden las cosas ni cómo hacerlas correctamente. El niño acaba obedeciendo por miedo al castigo, pero sin comprender el motivo de la sanción en la mayoría de los casos. Y por supuesto, termina por impedir la comunicación entre padres e hijos.

González propone alternativas como alejarse, una forma de serenar el ánimo y pensar en lo que debemos decir cuando estemos otra vez con el niño. Y, tras la tormenta, hacer las paces: los padres pueden volver a mostrarse cariñosos y hacer saber a sus hijos que su enfado, por muy fuerte que parezca, es pasajero.