El amigo que escucha no moraliza.

La primera responsabilidad del amor es escuchar, decía el filósofo Paul Tillich. Y, efectivamente, cuesta lo suyo amar a quien hace oídos sordos. La capacidad de escucharse el uno al otro quizá sea uno de los indicadores más importantes de la salud de cualquier relación.

¿Por qué nos cuesta tanto? Habrá quien diga que la culpa la tienen los móviles y la lluvia de notificaciones que nos acompaña desde que los dispositivos electrónicos irrumpieron en nuestra vida. Pero la dificultad de prestar verdadera atención es un fenómeno intergeneracional que viene de muy atrás. Unos anteponen el móvil y otros su experiencia, aunque tenga poco que ver. Véase este –exagerado– ejemplo:

– Acabo de volver de la selva amazónica. Me mordió una serpiente venenosa, desperté con una tarántula en la frente y me atacó un cocodrilo. ¡Casi no lo cuento!

– ¿Ah, sí? Yo también he estado pachucha con un resfriado.

Cuando estamos en presencia de una persona que sabe escuchar, solemos sentirnos muy bien aunque, a menudo, no sepamos exactamente por qué. Entender mejor cuáles son los mecanismos que producen bienestar puede ayudarnos a ofrecérselos a otras personas que, a su vez, se sentirán mejor en nuestra compañía.

En este video de The School of Life, una escuela de educación emocional con sede en Londres (Gran Bretaña), podemos ver como es probable que nadie nos haya enseñado a escuchar y quizá solo hemos tenido oportunidad de experimentar una escucha verdaderamente atenta en un puñado de ocasiones. Así que es normal que estemos ansiosos por hablar, más que atender a lo que diga el otro. He aquí cuatro atributos de la persona que sabe escuchar:

1. La persona que sabe escuchar nos incentiva a hablar

En muchas ocasiones, cuando nos enfrentamos a un conflicto o tenemos que tomar una decisión difícil no tenemos del todo claro qué es, en realidad, lo que nos está preocupando. La persona que sabe escuchar se siente intrigada por nuestras preocupaciones y motivaciones y nos ayudará a comprender la raíz del conflicto con preguntas clave.

2. La persona que sabe escuchar va más allá de la anécdota

En lugar de ir a la raíz de nuestro malestar, solemos perdernos en vaguedades y decir que algo es lindo, feo, odioso, etc, sin aclarar por qué nos sentimos de esta manera. El amigo que escucha le interesan, más que nuestras primeras impresiones, las razones más profundas que nos llevan a desear o aborrecer algo.

3. El amigo que escucha no moraliza  

Como conoce bien su propia mente, el amigo que escucha no se sorprende de lo que digamos, aunque roce la locura. Nos invita a abrirnos a nuestra vulnerabilidad y a compartirla, y no nos regaña digamos lo que digamos. En este mundo tan competitivo muchas veces sentimos que no nos podemos permitir reconocer lo estresados o preocupados que estamos.

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Pero una persona que sabe escuchar nos acogerá en su regazo, y no nos rechazará porque sabe que nuestra experiencia es muy común. En los momentos tensos de la conversación, nos darán pistas sutiles de que nos están escuchando con empatía pero sin interferir, asintiendo con la cabeza, por ejemplo. Con ellos nos sentimos seguros y libres para expresar nuestros sentimientos sin preocuparnos de perder su amistad ni nuestra dignidad.

4. El buen oyente distingue entre desacuerdo y crítica

La persona que escucha deja muy claro que puede pensar que estamos equivocados y, sin embargo, continúa prestándonos su apoyo. Su relación con nosotros no depende de que estemos de acuerdo en todo.

Ejercicio: Escuchar y ser escuchado con plena consciencia

Imma Juan, experta en mindfulness o atención plena y creadora de la app para aprender a meditar Intimind, propone este ejercicio en pareja para aprender a escuchar:

1. Antes de comenzar, céntrate en tu propia respiración. Esto te ayudará a asentarte y arraigarte en ti mismo.

2. Cuando seas el oyente, limítate a escuchar y evita comentarios, respuestas o cualquier participación en la conversación. Puedes establecer contacto ocular o hacer uso de otros signos no verbales si deseas confirmar que estás prestando atención. Percibe tus sensaciones corporales, pensamientos y emociones, sobre todo los propios impulsos de hablar o dejar divagar la mente.

3. Cuando el otro agote el tiempo de hablar (5 minutos), exponle qué es lo que has escuchado y comprendido durante la escucha con plena consciencia. Esta información puede referirse tanto a lo que hayas oído como a lo que hayas visto.

4. Tras unos instantes de respiración con plena consciencia, intercambia los papeles entre hablante y oyente.

5. Una vez que los dos hayáis asumido ambos papeles, reflexionar sobre estas cuestiones: ¿Qué he sentido al ser escuchado de verdad sin miedo a que me interrumpan y sin tener que justificarme? Como oyente, ¿qué he sentido al limitarme a escuchar y prestarle toda la atención al otro? ¿Ha habido alguna sorpresa en la exposición de la información? ¿Ha recabado el oyente información mediante señales no verbales, tales como el lenguaje corporal, las expresiones faciales o el tono de voz? Cuando he adoptado el papel de oyente, ¿me he visto pensando en qué debería haber hecho el hablante o en qué haría en su situación?