Daniel Pittet muestra una foto de su infancia.

Desde los 8 hasta los 11 años, Daniel Pittet fue violado a un ritmo de una vez por semana –calcula que más de 200 veces– por Joël Allaz, un fraile capuchino que daba misas en la catedral de Friburgo, en Suiza. ¿Es posible recuperarse de semejante trauma? La respuesta a esta pregunta está en sus memorias, que llevan el título Le perdono, padre.

“Todos los sábados por la mañana iba a limpiar la iglesia cuando un día —tenía ocho años— un sacerdote capuchino se me acercó sonriendo: “Escucha, niño, tengo un mirlo que habla y canta. Si quieres verlo, vente a las dos”. El crío le pidió permiso a su abuela, quien le respondió: “Sí, vete, es una buena oportunidad para ti, un capuchino, maravilloso”. Allí fue. Había un pájaro. Escuchó su canto. “Luego nos metimos en su habitación, me pidió que lo besase y me violó”.

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Aquello continuó a lo largo de cuatro años, entre 1968 y 1972. Durante ese tiempo lo único que deseaba, asegura en esta entrevista, era morirse. Los abusos concluyeron cuando su tía abuela se dio cuenta de lo que pasaba y le impidió volver a verle. “Cuando fui a despedirme, me violó otra vez, y luego me dijo: “Ya te puedes ir, ya no te necesito””.

Pittet tenía entonces 11 años. Tuvieron que pasar otros 44 para que recogiese fuerzas para encontrarse con el monstruo y lanzarse a escribir unas memorias en las que narra su proceso de curación, hace una llamada de atención sobre la torpe actuación de la Iglesia ante la pederastia y pide que la institución deje de mirar para otro lado.

Pittet, que hoy es bibliotecario, está casado y tiene seis hijos, explica en su libro cómo llegó el día en el que asistió a una misa oficiada por Allaz en la que los parroquianos estaban muy conmovidos. Comprendió entonces que en su depredador convivían dos personas: “El sacerdote que predicaba, que hacía que la gente se emocionara, y un cerdo que me iba a violar después. En ese momento me di cuenta de que era un enfermo y de que tenía que perdonarlo”, sostiene. “Perdonar me ha hecho un hombre libre. Muchas personas no consiguen comprender que no le odie. Le he perdonado y he construido mi vida sobre este perdón”.

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¿Así de fácil? El bibliotecario, que padeció graves depresiones durante años, entiende que a muchos les resulte incomprensible que no le odie. Las razones abundan: descubrió que el fraile había abusado de otros 150 menores a lo largo de los años, y que nunca había sido denunciado a Roma. “Yo perdoné con 11 años, pero nunca he olvidado. Llevaré este sufrimiento hasta la muerte. Para perdonar hay que romperse del todo y tocar fondo”.

El libro iba a ser una especie de testamento para sus seis hijos. Pero el Papa Francisco se enteró del proyecto, le pidió traducirlo al castellano y escribió el prólogo, donde califica el relato de “necesario, precioso y valiente (...) Doy gracias a Daniel, porque testimonios como el suyo hacen caer el muro del silencio, que ahogaba los escándalos y los sufrimientos, y proyecta luz sobre una terrible zona de sombra de la vida de la Iglesia”.

La tercera voz que aparece en el volumen es la del abusador. Pittet se reunió con él el pasado mes de noviembre. “Este hombre era un enfermo, estaba muy destruido. Me sentí absolutamente libre, una persona en pie, frágil pero en pie. Sé que soy capaz de hablar con las víctimas y con los pederastas. Es muy importante ayudar a las víctimas, porque la mayoría no se atreven a hablar, y el silencio mata. Yo estuve 20 años con ayudas psiquiátricas, intentos de suicidio, distintos tipos de medicación.... No es posible salir solo de una cosa como esto. Se necesita encontrar a alguien que te crea y en quien puedas confiar”.

Ahora lo resume así: “El perdón no elimina el problema ni la herida, pero gracias a él, ya no me siento atado a mi verdugo. He roto las cadenas que me ataban a él y que me habrían impedido vivir”.