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Esta es la historia de Catalina, una mujer española de jeans y camiseta de 33 años que el viernes 8 de mayo de 2009 ganó el premio grande de la lotería. Grande de verdad: 126 millones de euros, (unos 137 millones de dólares) pero que decidió que su vida no iba a cambiar. En realidad no se llama Catalina. Solo un puñado de personas saben su identidad y que es multimillonaria.

No se enteró de su suerte sino hasta el lunes siguiente que regresó a su trabajo y pudo tener una tregua de la tos que la había aquejado todo el fin de semana. Había comprado 10 euros del sorteo Euromillones que finalmente había tenido un feliz ganador. 04, 23, 24, 29, 31, y dos números estrellas, 08 y 09, estaban todos alineados en su boleto. Catalina había tenido la suerte que su abuelo, fiel comprador de billetes de loto, nunca tuvo.

Cuando finalmente esa mañana leyó el mail que le advertía: “¡Has ganado un premio!”, no se puso eufórica, no hizo muchas llamadas ni se encerró en el baño a gritar. De inmediato supo que no quería que su vida cambiara, tampoco el trato que recibía de la gente a su alrededor.

Siguió en su trabajo, no solo ese día, sino por dos años más. Tener dinero en la cuenta, mucho, no la iba a hacer desistir de ser la mujer disciplinada, puntual, eficiente que amaba ir a trabajar. Pocos, no solo en la oficina, sino en su mundo en general se enteraron de que era rica, rica como todos alguna vez hemos anhelado.

“Catalina aún no le ha dicho a su padre que es millonaria”, nos contó Sascha Baldet, director de Serviapuestas, la web en la que compró el boleto y quien sigue siendo una de las pocas personas que conoce la verdadera identidad y vida de la millonaria. Desde el principio le ayudó a saber cómo manejar la situación:

“Ella siempre temió que todo en su vida cambiaría si contaba el verdadero monto de su premio. Por eso, lo que hizo fue montar su propia empresa y seguir trabajando y con eso justificar el dinero que le ha dado a su familia y la casa en el campo con caballo que se compró”.

Para el momento en el que Catalina ganó el premio gordo tenía solo 25 años. Su novio la había dejado y estaba esperando un hijo. Con una cautela propia de los monjes de oriente esperó a que el banco La Caixa depositara tres cheques en tres entidades bancarias y antes que salir a comprar el último carro, o cambiar su ropero por uno ostentoso, invirtió en bonos, fondos garantizados y en acciones. Todo muy seguro.

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A diferencia de lo que han hecho otros que han ganado premios millonarios, espejos en los que ella no quería mirarse, no quiso cobrarlo de una vez el dinero todo en efectivo. Pidió asesoría de los más conocedores y aprendió en silencio a manejar todos esos millones, a pagar los altos impuestos (que llegaban hasta 3 millones de euros) y a multiplicar el dinero, -algo que parecen aprender de repente los millonarios-. En lugar de reducirla, aumentó su fortuna. Para 2013 ya ascendía a 150 millones de euros.

“Uno de los grandes errores que comenten los ganadores de la lotería es que gritan a los cuatro vientos que han ganado y eso hace que muchos quieran asesorarlos con intereses no tan claros. Al no mantenerse cautos, además, terminan repartiendo todo su dinero porque se sienten culpables porque ellos recibieron un dinero sin trabajarlo que quizás le hacía falta a alguien más”, explica Sascha Baldet, quien cita un estudio que asegura que el 70% de la gente que gana la lotería pierde a los 10 años su dinero.

No es el caso de Catalina. Ella, efectivamente, dejó Palma de Mallorca y se compró una casa no muy ostentosa en el campo, en un lugar nuevo en donde le fuera posible empezar otra vida. Pero mantuvo su carro, su ropa de descuento de Mango y un móvil sencillo. Hubo, claro, algo para su madre y donaciones para algunas investigaciones sobre una extraña enfermedad que aqueja a su tía.

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“¿Cuál ha sido el mayor capricho que se ha dado?”, le preguntó el periodista del diario El Mundo en 2013 cuando su historia se hacía conocida por primera vez, a lo que ella respondió: “A veces me voy de viaje con mi hijo a un país lejano. Y nos inflamos de helados...”. Nada más.

Dio a luz a su hijo en un hospital público, y solo después de dos años, cuando supuso que nadie podía sospechar ya nada extraño, dejó el trabajo con la excusa de ir a estudiar y montar algo por cuenta propia. Su única preocupación real era que su hijo creciera como un niño normal, sin que diera por sentado el dinero, ni se supiera rico. “Quería que creciera sin miedo”, le confesó al diario El Mundo.

Ella quería transmitirle una lección que la vida parecía haberle enseñado a ella con mucha gracia:

Cuando tienes tanto que te puedes comprar un equipo de fútbol o una compañía aérea, el concepto del dinero se relativiza. No te hace más feliz. Aunque tengo que reconocer que la seguridad económica también puede darte libertad. Intento seguir valorando el esfuerzo que significa para otros ganarse la vida”.