Imagen del gueto de Varsovia.

Irena Sendler sedaba a los niños para que la policía alemana no les oyera llorar. Los metía en maletas, cajas, sacos o ataúdes y los sacaba del gueto de Varsovia. Si no hubiera sido por ella, los 2.500 niños que salvó habrían salido camino a los trenes que los llevarían a las cámaras de gas, como ocurrió con la mayoría de los padres de esos niños.

La conocida como “el ángel del gueto de Varsovia” nació en esa ciudad en 1910. No era judía, pero sí muy cercana a la comunidad judía. Algunas personas poderosas de dicha comunidad costearon sus estudios cuando su padre falleció.

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Irena tenía 30 años cuando los alemanes establecieron el gueto de Varsovia: un muro que rodeaba un barrio y separaba a los judíos del resto de los ciudadanos. Los judíos no podían salir de estos confines excepto con autorización, y allí las condiciones de vida eran infrahumanas. Pronto enfermedades como el tifus se propagaron por el gueto.

Nadie quería entrar allí. Pero Irena sí, quería ayudar a una comunidad con la que simpatizaba. Una comunidad castigada y enferma. Escandalizada se hizo miembro de la organización de resistencia judía Zegota.

Entonces consiguió un pase falso como enfermera y logró así entrar al gueto. Allí lucía en su brazo izquierdo la estrella de David en solidaridad con los judíos. Durante un tiempo Ilena consiguió introducir medicinas, ropa y alimento, hasta que se dio cuenta de que lo que tenía que hacer era sacar a quien pudiera de allí.

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Ya era evidente que los judíos que viajaban en los trenes a los campos de concentración nunca volverían. Ya se conocía la solución final de los nazis. Por eso, en 1942, Ilena comienza a convencer a las familias del gueto para que le permitan sacar de allí a sus hijos.

Primero fueron ella y su amiga Irena Schultz. Después hasta otras 20 mujeres conformaron la red que logró salvar la vida de 2.500 niños judíos.

Era difícil convencer a las familias. En ocasiones iban a casa de una familia para ofrecerle llevarse a sus hijos. Los padres dudaban. Las mujeres volvían días más tarde y ya era tarde pues la familia al completo había sido evacuada a un campo de concentración donde con casi toda seguridad morirían.

Obituario de Irena Sendler en 2008.

Pero muchos sí que accedieron a darle a Irena sus hijos para que los salvara. Y en la mayoría de los casos esa despedida, el adiós justo antes de que Irena o alguna de las mujeres se llevara al niño, fue el último pues aunque la mujer lo intentó, casi ninguno pudo reunirse con sus padres terminada la guerra.

Como cuenta Los Angeles Times en el obituario que le dedicó en 2008, a los bebés los drogaban para que su llanto no despertara a la policía. Los metían en maletas, cajas, sacos y hasta ataúdes para burlar la seguridad. Contaban también con una red de sótanos y pasadizos por los que sacaron niños en planes preparados al milímetro.

Irena apuntaba el nombre de los niños en una lista que después metió en botellas de cristal y enterró bajo un manzano, en el jardín de una amiga. Quería que los niños, adoptados ahora por familias polacas aliadas no judías o internos en orfanatos y conventos, pudieran un día recuperar su identidad, reunirse con sus familias.

Los nazis la detuvieron en 1943. Querían esas listas. La torturaron, pero irena no confesó. En una ocasión la torturaron tanto que le rompieron las piernas y los pies. Se desmayó.

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Al despertar un oficial de la Gestapo que colaboraba con los aliados la dejó escapar y apuntó su nombre en la lista de los prisioneros ejecutados. Nadie la buscó.

Al terminar la guerra Irena desenterró sus tarros de cristal. Allí estaban las listas con los nombres de los niños que sacó del gueto de Varsovia. Casi ninguno pudo reunirse con sus padres pues estas habían fallecido en los campos. Pero recuperaron sus nombres, algunos en Polonia, otros marcharon a Israel. Algunos adoptados, otros en orfanatos. Todos vivos.