En 1988 Sarah York tenía 10 años, asistía a la escuela y, como muchos otras niñas y niños de su edad, se escribía regularmente con un ‘pen pal’, un amigo por correspondencia al que no conocía en persona y con quien intercambiaba experiencias.

En sus cartas, Amy hablaba de sus compañeros y profesores de escuela, de los vecinos de su pequeño pueblo de Michigan y de su familia; su amigo vivía en el extranjero y le hablaba de su país, de sus gentes y su historia, y de vez en cuando le mandaba algún regalo. Su amigo se llamaba Manuel Fernando Noriega, era el dirigente de facto de Panamá y en aquella época era uno de los mayores enemigos de los Estados Unidos.

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La historia de esta peculiar amistad comenzó una noche de febrero de 1988, mientras la familia York veía una entrevista a Manuel Noriega en el programa ‘60 Minutes’. Los padres de Sarah conversaban sobre el hombre del momento. En aquella época Noriega era el villano oficial de los Estados Unidos, como después lo serían Saddam Hussein o Bin Laden, y en el programa le preguntaban sobre las acusaciones de tráfico de drogas que el gobierno estadounidense vertía sobre él.

Tras un rato pensando, la conclusión a la que llegó el padre fue “me gusta su sombrero”. “Imagino que podrías escribirle y pedirle uno” le contestó su mujer, “aunque no creo que tuvieras éxito. Pero si lo intentara la niña, quizás ella podría”. Sarah no dudó y contestó “de acuerdo, lo haré yo”.

Querido General Noriega,

Enhorabuena por el apoyo patriótico de su pueblo, espero que esta carta le encuentre bien a usted y a sus compatriotas. Soy una estudiante escolar americana de diez años y estudio sobre Centroamérica, que me interesa mucho. Le veo a menudo aquí en la televisión estadounidense. Su sombrero ha despertad gran admiración, aunque por desgracia no hay nada parecido por aquí.

Así comenzaba la primera carta que Sarah escribió al general y que envió en un sobre con la dirección General Manuel Noriega, Panama City, Panamá. “Debe haber solo un general Noriega en Panamá”, imaginó la familia. Un mes más tarde un sobre con el escudo del ejército panameño y dirigido a Sarah aparecía en su buzón.

Querida Sarah,

Me siento honrado por tu carta y aprecio tu mensaje de fe y amistad. Espero que continúes enviándome mensajes y contándome sobre ti y tu ciudad.

Con amistad y aprecio,

General Manuel Antonio Noriega.

Sarah y su familia se quedaron asombrados, pero tenían claro lo que debían hacer. Si el dirigente de un país le pedía por favor que continuase escribiendo, ¿cómo iban a negarse?

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En sus siguientes cartas, ella le hablaba de su pueblo, al norte de Michigan, de cómo estaba lejos de ciudades, nevaba mucho y en invierno helaba de frío, algo que en la tropical Panamá debía resultar de lo más exótico. Por su parte, el general Noriega hacía de relaciones públicas de su país e intentaba que conociera mejor sus gentes y su historia:

Me siento muy honrado por tu carta en la que me hablabas de ti, tu familia y tu ciudad. Para profundizar en tu interés sobre los problemas de Panamá y América Central, te envío algunos libros sobre mi país. Espero que los leas y me des tu opinión sobre ellos.

Y por supuesto, no podía evitar dar su versión sobre el gran tema de fondo en la relación entre Estados Unidos y Panamá: la cesión del control sobre el Canal.

Los panameños solo queremos que Estados Unidos cumpla el compromiso que adoptó en los tratados Torrijos-Carter de 1977 y respete la soberanía de este pequeño país.

Noriega se refiera aquí al acuerdo por el que Estados Unidos debía devolver el control del Panamá al pueblo panameño en el año 2000. El problema era que la administración Reagan-Bush se negaba a hacerlo mientras Noriega, al que acusaban de narcotráfico y blanqueo de dinero, continuase como presidente.

Él se quejaba en público de este trato y en sus mítines políticos agitaba en la mano las cartas de Sarah, proclamando que “hasta los niños americanos muestran su apoyo”.

Aparte de sus intenciones políticas, el general era un buen ‘pen pal’. Aunque nunca hablaba de su familia o su vida personal, era un rápido, minucioso y amable. Incluso llegó a enviarle regalos, entre ellos un sombrero como el que motivó el inicio de su relación; ella le envió de vuelta una fotografía con el sombrero puesto.

Así continuaba su particular amistad, hasta que un día llegó una carta mucho más importante que las demás: en un sobre color manila les enviaba una invitación para ella y su madre con todos los gastos pagados para que visitaran y conociera Panamá.

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Los York dudaban. Aunque entendían que podía ser una experiencia única para su hija, también sabían que su visita podría ser malinterpretada por muchos de sus compatriotas como un gesto de apoyo al dictador. Los padres de Sarah no creían que Noriega fuese un angelito, pero tampoco querían caer en el sensacionalismo de los medios y querían que sus hijos pensaran por sí mismos.

Finalmente decidieron ir, y cuando aterrizaron en la ciudad de Panamá, decenas de periodistas estadounidenses y panameños esperaban a Sarah como si fuese una celebridad de Hollywood. Nada más bajar del avión dieron una rueda de prensa en la que recibieron las llaves de la ciudad, la segunda estadounidense en hacerlo tras el presidente Carter.

Al día siguiente conocieron al general en persona, al que hicieron preguntas sobre su familia y su vida personal, y obviaron otras problemáticas sobre las acusaciones que recaían sobre él. “Fue muy amable y sonriente, como en las cartas, pero nunca habló demasiado de sí mismo” recordaba Sarah en el episodio que en 2003 el programa radiofónico This American Life dedicó a recordar su historia.

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Durante los siguientes días madre e hija visitaron el país centroamericano acompañados de un camerógrafo personal que documentó todo su viaje. Sarah visitó ciudades y campos, recibió a gente que había viajado durante horas para ofrecerle regalos, intercambió brazaletes de amistad con otros niños de su edad y conoció a la familia del dictador. Mientras los noticieros en Estados Unidos hablaban sobre el régimen opresivo de Noriega, sus equivalentes panameños informaban sobre las visitas que Sarah había hecho ese día. “Me sentí realmente querida”, recordaba quince años después.

Al despedirse, Noriega le entregó una carta en la que se puede entrever que el general ya vislumbraba su destino:

Te pido que cuando regreses a Negaunee cuentes que conociste hombres, mujeres, niños, viejos, oficiales del gobierno y soldados que quieren vivir en paz. Que no quieren la guerra.

Te deseo un buen viaje. Mando saludos a tu padre Mitchell, tu hermano Carl, tu hermano Caleb, a tus vecinos, tus profesores, tus amigos y al hombre que lleva la única gasolinera del pueblo, Francis. Saludos al director de tu escuela, Mr. Robert Trevilcock. La próxima vez también estás invitado a Panamá.

A su vuelta, las reacciones que recibió fueron muy diversas. Mientras su escuela instauraba un día en honor de Sarah York, otros les acusaban de haber sido utilizados.“Yo no creo que fuese usada como propaganda; creo que fue usada como símbolo, un símbolo de amistad entre los dos países” declaraba el padre.

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Después de que Estados Unidos invadiera Panamá y Noriega fuera llevado a una prisión en Miami donde fue juzgado por tráfico de drogas y blanqueo de dinero, Sarah continuó escribiéndole, incluso llegó a visitarle durante el juicio, pero cada vez se hacía más difícil escribirle. Sarah era ya una adolescente, más interesada en cosas de adolescentes que en escribir a un convicto, y finalmente acabó abandonando la correspondencia. Pero siempre recordará aquella carta en la que preguntaba por un sombrero.