La empatía es beneficiosa para el otro, pero también para uno mismo. Chad Madden en Unsplash

Cuando tratamos de ayudar a otros a sentirse mejor no solo les proporcionamos apoyo a ellos; también practicamos habilidades emocionales que nos vendrán muy bien para manejar nuestros propios problemas. Lo dice nuestra experiencia, claro, y lo corroboran dos nuevos estudios sobre la empatía, la capacidad de ponernos en la piel del otro (que no hay que confundir con la lástima ni con la simpatía, cosa bien distinta).

Las emociones negativas aíslan, de forma que a menudo tenemos la impresión de que nuestro problema -ya sea amoroso, físico, financiero o existencial- no lo padece nadie más en el mundo. Nos sentimos, en fin, más solos que la una. Cuando descubrimos que a media humanidad le pasa lo mismo, sentimos un gran alivio. Esta es la esencia, en resumidas cuentas, de lo que numerosos estudios se esfuerzan ahora en demostrar.

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En la primera investigación, los participantes pasaron tres semanas relacionándose en una red social creada específicamente para expresar y responder al malestar. Los participantes podían comentar y responder a los otros con tres tipos de comentarios, que a su vez representan diferentes tipos de regulación emocional:

Validación: Afirma lo que la persona está sintiendo. Como en “Claro, no me extraña que te sintieras así. Parece que hay días en los que todo sale mal”.

Reevaluación: Ofrece una interpretación diferente de un evento. “También podrías considerar que...”

Poner sobre la mesa errores de planteamiento: Recordar a tu interlocutor, por ejemplo, que no es posible leer la mente de otras personas -algo que hacemos con frecuencia-, o que está viéndolo todo en blanco y negro.

Los investigadores encontraron que quienes más comentarios pronunciaban -de cualquiera de los tres tipos- incrementaban su felicidad y reducían sus síntomas depresivos y de rumiación (dar vueltas a las cosas). La conclusión: ayudar a otros a regular sus emociones parece ser muy útil para mejorar nuestro propio control emocional.  

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El segundo estudio, que se elaboró en parejas, sugiere que ayudar a otros a regular sus emociones no solo es bueno para ti, también para ellos. Cuando estás sumergido en una nube de pensamientos negativos, tu pareja o tu amigo puede ayudarte a descubrir lo que es mejor para ti.

“Estos resultados están en línea con otros estudios que enfatizan las ventajas de una perspectiva de fuera, sin una implicación emocional directa, para reducir el estrés y mejorar la regulación de las emociones”, señalaron los investigadores.

Todo esto sugiere que salir de nuestra cabeza y meternos en las de los demás -la empatía- es bueno para todo el mundo. Así que cuando nos sentimos solos en nuestro sufrimiento, podemos apoyarnos en los demás. Por nuestro bien, pero también por el de ellos.

Atención: empatía no equivale a simpatía. Con demasiada frecuencia las confundimos, como muestra el vídeo de más arriba. Cuando nos encontramos en medio de una conversación difícil, señala Brené Brown, autora del vídeo, el impulso natural de la mayoría de las personas es tratar de mejorar las cosas (mostrar simpatía). Sin embargo, en muchas ocasiones la opción más apropiada es algo así como: “No sé qué decirte, pero me alegro de que me lo hayas contado”.

La regla de oro si quieres mostrar empatía es no decir nada que comience con por “por lo menos”.

Un ejemplo:

- Vaya, hoy llegan 50 comensales para celebrar mi aniversario en el jardín y no para de llover.

- Por lo menos así no tendrás que regar las plantas.

Brown, una estudiosa de la vulnerabilidad humana, recuerda que solo podemos crear una conexión verdaderamente empática si somos lo suficientemente valientes como para contactar con nuestra propia vulnerabilidad. En sus estudios, esta investigadora se pregunta por qué nos cuesta tanto aceptar nuestra vulnerabilidad. “Vivimos en un mundo vulnerable, incierto e imperfecto, pero bloqueamos la vulnerabilidad. El problema es que cuando bloqueamos la vulnerabilidad cerramos también el paso a todo lo demás: la alegría, la felicidad, la conexión con los demás. De modo que volvemos a sentirnos vulnerables, y caemos así en un círculo vicioso”.

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