Él y yo, después del cuestionario.

El científico Arthur Aron de la State University of New York y cuatro científicos más hicieron un estudio para ver si podían crear cercanía entre dos extraños en un laboratorio bajo ciertas condiciones controladas. Crearon un cuestionario de 36 preguntas para enamorarse que luego la profesora Mandy Len Catron usó con éxito, según puede leerse en el relato de su experiencia en The New York Times. Yo también lo probé y también me enamoré. Esta es la historia. 


Él llegó a mi pequeño apartamento. A pesar de que lo conocía poco —habíamos salido tres veces: una al cine y otras dos para almorzar—, estaba especialmente dispuesto a acompañarme en la aburrida tarea de ver casas para mudarme.

Me gustó esa señal de disponibilidad y de compañía. Sin embargo, yo a él ya lo había despachado de cualquier pretensión amorosa. Ya tenía algo de escasez de pelo en la parte de atrás de la cabeza, llevaba los jeans muy anchos y aunque me había resultado un gran conversador, no sentía que sus proyectos laborales fueran muy ambiciosos.

En fin, su gentileza y esa cierta transparencia con la que se me acercaba me hacía ceder ante sus invitaciones, pero yo no estaba más que manteniendo la esperanza de que todo resultara en mi primera amistad con un hombre de 40 años.

Dimos vueltas por la ciudad sin encontrar nada muy interesante que hiciera que de verdad valiera la pena dejar mi casa estrecha pero barata, así que con la tarde ya encima volvimos a mi apartamento. Mientras se fumaba un cigarrillo por la ventana me dijo: quiero que hagamos este cuestionario.

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Yo lo miré con cara incrédula y pensé… “ufff, ahora este tipo me va a salir con dinámicas de payaso de fiesta”. Mi cara reprobó su idea.

Él, con la seguridad arrolladora que se traía encima, me dijo: intentemos unas cuantas y si nos aburrimos lo dejamos. Además sugirió que las leyéramos en inglés, lo cual me hizo gracia, aunque no dejé de sentir algo de vergüenza.

La dinámica que él sugería era, nada más y nada menos, que responder a 36 preguntas que el psicólogo Arthur Aron había resumido en un cuestionario hacía más de 20 años, después de hacer coincidir en su laboratorio a dos extraños y comprobar que uno se puede enamorar de cualquiera simplemente compartiendo algo de intimidad.

Él había llegado al cuestionario después de un famoso artículo publicado en The New York Times el 9 de enero de 2015, titulado “Para enamorarse de cualquiera haga esto”, que se hizo viral y del cual yo había lejanamente oído cuando no me interesaba mucho nada que hiciera referencia al amor desde el título. Él, muy estratega, no delató su fuente y yo caí en la trampa.

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“¿Dada la posibilidad de elegir a cualquier persona en el mundo, a quién invitarías a cenar?” leyó él y yo me retorcí en la silla. No, no, no... Yo, que odiaba todo ese tipo de estrategias que los psicólogos inventan para que tu equipo de trabajo funcione mejor, ahora tenía a una especie de pseudo psicólogo sentado al frente mío haciéndome preguntas.

Yo dije Paul Auster. Él, contundente, Keith Richards.

A pesar de mi mala onda, él continuó. “¿Te gustaría ser famosa? ¿En qué manera?” Yo seguí contestando con resoplidos, pero las preguntas empezaron a tornarse más complejas.

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En la pregunta número 8, el cuestionario nos pedía que mencionáramos tres cosas que tuviéramos en común con el otro. Ya no recuerdo qué contestamos, pero sí recuerdo que fue la primera vez que hice el ejercicio consciente de nombrar cosas que quizás no me molestaban tanto de él. Era como si hablarle a él resultara incluso más fácil que hablarle a mi cabeza (que si la tuviera que dibujar tendría la figura de un juez enorme, aplastante, envejecido y con peluca blanca).

Luego entramos sin pensarlo a hablar de cómo habíamos sido criados y de qué cambiaríamos. Me enteré de que su madre tenía alzheimer y que se había casado a sus 20 años. Él supo de mí que siempre renegué de que mis padres no me metieran en un colegio bilingüe y lo difícil que fue para mí haber sido criada en una clase más baja que la de los amigos que me circundaron.

Llegamos al segundo de los tres grupos de preguntas (cada uno más desafiante que el anterior) en una especie de entusiasmo, como si fuéramos en el vagón de un tren desbocado mientras seguíamos ahí sentados cerca de la ventana con un aire ya de noche.

Este cuestionario había sido creado para crear cercanía y para crear algo que los científicos llaman ‘self expansion’ (expansión personal) que no es otra cosa que la prueba de que tener otro al lado ayuda a tu mismo ser a expandirse hacia nuevos universos, nuevos conocimientos y nuevas inquietudes.

Yo no sabía nada de esto, pero sí recuerdo haber experimentado una sensación de apertura. De que estaba en uno de esos retiros del colegio en los que le contabas toda tu vida a la niña que te habían puesto al lado en el bus y que, de repente, la sentías como tu mejor amiga.

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Pregunta 31, leyó él: “Dile a tu pareja algo que ya te guste de ella”. Yo lo empecé a mirar diferente y entré en un estado que solo puedo bautizar ‘de disposición’. Le había contado a ese extraño mis secretos, mis vergüenzas, mi peor recuerdo, la última vez que había llorado por alguien, sentía que ya no tenía de qué defenderme.

Vulnerable, estaba vulnerable después de todo. Y la tesis del científico creador del cuestionario era justamente que la vulnerabilidad crea cercanía real. “Uno de los patrones claves para que se desarrolle una relación verdadera y cercana entre pares está sustentada en una recíproca apertura”, dice el estudio, que claro, después busqué.

Ahora la última pregunta, la número 36, sentenció: “Comparte un problema y pídele a tu pareja un consejo de cómo puedes lidiar con eso”. Tenía que decírselo: “No quiero seguir rompiendo corazones y por eso he elegido mantenerme sola”. Él contestó serenamente que dejara de andar cuidando de quienes tenía cerca, que cada uno tenía que hacerse responsable de sus actos y que lo que yo tenía que hacer era dejar de tener miedo.

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Yo, sin saberlo, me había convertido en una más de los conejitos de laboratorio de ese lejano científico. Con cada atrevido que hacía su cuestionario, Arthur Aron confirmaba una idea maravillosa después de décadas y a distancia: a pesar de las fantasías de Hollywood, el amor no pasa, no te atropella, no acontece mágicamente. Uno se dispone para el amor… ¿Lo decide?

Terminamos el cuestionario. Yo le pedí que me pusiera la canción de su vida. Puso ‘There Is a Light That Never Goes Out’, de The Smiths. Él me pidió hacer lo mismo. Le puse ‘This Must Be the Place’, de los Talking Heads. Y ahí empezó la historia de amor más importante de mi vida. Hasta ahora.

Cuestionario de 36 preguntas para enamorarse

Set I

1. Dada la posibilidad de elegir a cualquier persona en el mundo, ¿a quién invitarías a cenar?

2. ¿Te gustaría ser famoso? ¿De qué manera?

3. Antes de hacer una llamada telefónica, ¿alguna vez ensayas lo que vas a decir? ¿Por qué?

4. ¿Qué constituye un día perfecto para ti y por qué?

5. ¿Cuándo fue la última vez que te cantaste a ti mismo? Y ¿a alguien más?

6. Si pudieras vivir hasta la edad de 90 años y mantener ya sea la mente o el cuerpo de los 30 por los siguientes 60 años, ¿qué elegirías?

7. ¿Tienes un secreto presentimiento de cómo morirás?

8. Menciona tres cosas que tú y tu compañero parezcan tener en común.

9. ¿Por qué cosa te sientes más agradecido en la vida?

10. Si pudieras cambiar algo de la forma en la que fuiste criado, ¿qué cambiarías?

11. Tómate 4 minutos y cuéntale a tu pareja la historia de tu vida con la mayor cantidad de detalles posibles.

12. Si pudieras levantarte mañana habiendo ganado cualquier cualidad o habilidad, ¿cuál sería?

Set II

13. Si una bola de cristal te pudiera decir la verdad acerca de ti mismo, tu vida, tu futuro o cualquier cosa, ¿qué quisieras saber?

14. ¿Hay algo que hayas soñado hacer por mucho tiempo? ¿Por qué no lo has hecho?

15. ¿Cuál es el mayor logro que has conseguido en tu vida?

16. ¿Qué es lo que más valoras en una amistad?

17. ¿Cuál es tu recuerdo más valioso?

18. ¿Cuál es tu recuerdo más terrible?

19. Si supieras que en un año vas a morir repentinamente, ¿cambiarías en algo la manera en la que vives actualmente? ¿Por qué?

20. ¿Qué significa la amistad para ti?

21. ¿Qué papel juega el amor y los afectos en tu vida?

22. Alternativamente comparte algo que consideres positivo de tu compañero. Compartan un total de 5 elementos.

23. ¿Cuán cercana y cálida es tu familia? ¿Sientes que tu infancia fue más feliz que la de mucha gente?

24. ¿Cómo te sientes respecto a tu relación con tu madre?

Set III

25. Haz tres declaraciones verdaderas usando el nosotros. Por ejemplo: “Nosotros estamos en este cuarto sintiendo…”

26. Completa esta frase: “Yo quisiera a alguien con quien pudiera compartir…”

27. Si fueras a convertirte en un amigo muy cercano de tu compañero, por favor comparte qué sería importante que él o ella supiera.

28. Dile a tu compañero qué te gusta de él; sé muy honesto esta vez diciendo cosas que quizás no le dirías a alguien que acabas de conocer.

29. Comparte con tu compañero un momento vergonzoso de tu vida.

30. ¿Cuándo fue la última vez que lloraste enfrente de alguien? ¿Y para ti mismo?

31. Dile a tu compañero algo que ya te guste de él.

32. ¿Qué es demasiado serio para ti como para no hacer bromas?

33. Si fueras a morir hoy sin ninguna oportunidad de comunicarte con nadie, ¿cuál sería tu mayor arrepentimiento de no haberle dicho algo a alguien? ¿Por qué no se lo has dicho?

34. Tu casa con todo lo que tienes dentro se incendia. Después de salvar a tus seres queridos y a tus mascotas, tienes tiempo de hacer un último intento y salvar un objeto… ¿cuál sería? ¿Por qué?

35. De toda la gente de tu familia, ¿la muerte de quién encontrarías más perturbadora? ¿Por qué?

36. Comparte un problema personal y pregúntale a tu compañero un consejo de cómo lidiar con él. Además, pregúntale a tu compañero cómo pareces sentirte con respecto a ese problema que elegiste contar.