El dormilón, ¿nace o se hace? Getty Images.

Pasamos la tercera parte de la vida en brazos de Morfeo. Florecen los estudios y publicaciones que alaban las bondades de este elixir natural de salud y bienestar, crucial para el buen mantenimiento de las funciones cerebrales y para que el cuerpo se recupere. Pero ¿lo sabemos todo sobre él? ¿Dormimos las horas suficientes? Cinco apuntes que quizá no conocías sobre el sueño:

1. Los genes podrían explicar por qué unos duermen mejor que otros

El dormilón, ¿nace o se hace? Dos estudios recientes abordan la cuestión, al tiempo que dan pistas sobre nuevas vías para la investigación de un fenómeno sobre el cual los científicos todavía desconocen muchos aspectos.

“El sueño debe servir funciones importantes, pero como científicos todavía no lo comprendemos del todo.Una forma de saber un poco más es comprendiendo cómo se regula o qué procesos comparten las especies”, señala Jason Gerstner, director de uno de estos estudios, elaborado por la Washington State University.

Los investigadores liderados por Gerstner observaron cómo un gen en particular está relacionado con la calidad del sueño de diferentes animales, entre ellos los humanos. La variante de este gen es responsable de la alteración del ritmo circadiano, el que dicta los ciclos de sueño y despertar.

El segundo estudio, del laboratorio de genética de la Rockefeller University, se centra en investigar a las personas que trasnochan habitualmente y luego les cuesta levantarse por la mañana. Esta costumbre podría deberse a una mutación genética, que haría que los relojes internos de los “búhos” funcionasen de forma diferente.

2. Las mujeres blancas son las que mejor duermen

No hay nada que podamos hacer para cambiar nuestros genes, claro. Pero la calidad del sueño no solo depende de ellos; podría ser social y hasta sintomática de las divisiones en la sociedad. Los ricos duermen más que los pobres. Asimismo, es difícil dormir bien si eres uno de los 15 millones de americanos que trabajan en turnos irregulares.

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Quienes más descansan, de acuerdo con un estudio de la Universidad de Chicago (que también indica que, en general, dormimos menos de lo que creemos) son las mujeres de raza blanca. Mientras las personas de raza blanca duermen de media 6,85 horas, los afro-americanos lo hacen durante 6,05 horas, y tienen un sueño de peor calidad. Los investigadores atribuyen esto, al menos en parte, al estrés de la discriminación. En cuanto a los hispanos, tienen 1,8 veces más posibilidades de dormir poco (menos de seis horas por noche).

3. Dormir poco engorda

La ciencia prueba algo que experimentamos con frecuencia en la vida cotidiana: cuando descansamos mal, comemos peor. Además de estar de un humor de perros, o precisamente por ello, tras la noche en blanco gravitamos hacia las patatas fritas, pizzas o cualquier otro plato que no nos conviene.

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Hace ya décadas que los científicos comenzaron a relacionar el dormir mal con el aumento de peso. Pero en los últimos tiempos varios estudios muestran que, cuando tenemos sueño, los llamados “centros de recompensa” del cerebro parecen responder con mayor intensidad a las comidas que engordan. Por otro lado, también tomamos decisiones más impulsivas y menos racionales cuando estamos adormilados.

En un estudio elaborado por la Universidad de California en Berkeley, los participantes que no habían descansado bien mostraron propensión por alimentos que les reportaron, de media, 600 calorías más que su régimen normal diario. Los escáneres en el cerebro mostraron que, durante la mañana siguiente a la noche sin dormir, estos platos calóricos produjeron una actividad intensa en la amígdala, la parte del cerebro que ayuda a regular emociones básicas y nuestros deseos por, entre otras cosas, la comida. Un efecto que estuvo acompañado de respuestas reducidas en áreas del cerebro que regulan las decisiones, dando más protagonismo a las estructuras primitivas del cerebro. Otro estudio anterior mostraba algo parecido: la pérdida de unas pocas horas de sueño durante varias noches seguidas supuso entre los participantes un incremento de cerca de un kilo.

4. La siesta es buena para el cerebro

Cuando nos mantenemos despiertos durante todo el día (o sea, sin siesta) somos cada vez más sensibles a las emociones negativas. Frente a ello, las personas que duermen un rato al mediodía se muestran menos susceptibles a las emociones negativas y más receptivas a las positivas. Una impresión tan fácil de experimentar por cualquiera de nosotros pero que ahora también cuenta con el respaldo de los científicos, que a principios de año mostraron con un nuevo estudio que una hora de sueño puede dar un gran impulso al funcionamiento de tu cerebro.

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¿De dónde procede esa mayor negatividad? Una posibilidad es que la parte del cerebro encargada de procesar emociones se vaya fatigando más y más a lo largo del día y, por tanto, es menos capaz de capear los temporales. Otra explicación es que la mayor sensibilidad al miedo y a la ira son fruto de estrategias de adaptación: a medida que nos cansamos, tiene sentido que estemos más vigilantes ante las señales que indican peligro. Lo que queda claro es que una pequeña siesta proporciona una recarga emocional y altera la forma en que reaccionamos a los estímulos de fuera. Al fin y al cabo, si lo hacían Albert Einstein, Thomas Edison o Winston Churchill –que se echaba cabezaditas entre reunión y reunión con su gabinete–, también será bueno para nosotros.

5. Dormir ocho horas seguidas es un mito

¿Cómo se dormía antaño? Cervantes da una pista:

“Cumplió don Quijote con la naturaleza durmiendo el primer sueño, sin dar lugar al segundo, bien al revés de Sancho, que nunca tuvo segundo, porque le duraba el sueño desde la noche hasta la mañana, en que se mostraba su buena complexión y pocos cuidados”.

No estamos hechos para dormir ocho horas seguidas. Lo que nos sienta bien son dos bloques de cuatro horas, con una o dos horas de vigilia entre medias, tal y como prueban numerosos estudios y experimentos. Un alivio para los que se despiertan a las tres de la madrugada escudriñando las casas de la manzana en busca de alguna luz que delate alguna otra alma con la que compartir desvelos.

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Según revela el historiador Roger Ekirch en su libro Day´s Close: Night in Times Past, la gente de antaño leía, rezaba o mantenía relaciones sexuales en esas horas de vigilia. Otros estaban más activos e incluso aprovechaban para visitar a sus vecinos. Visto lo cual, no es tan estrambótico hacer la colada a las 3 de la mañana.

Hacia 1920, debido a la iluminación de las calles y las casas y a la irrupción de establecimientos que, en algunos casos, abrían toda la noche, el sueño en bloques se había esfumado del todo. Ekirch cree que muchos problemas de sueño podrían tener sus orígenes en la preferencia natural del cuerpo por el sueño fragmentado, además de la luz artificial.