“Prohibido quejarse. Los que lo incumplan sufrirán el síndrome de sentirse siempre víctimas y la reducción de su sentido del humor y capacidad para resolver problemas”. Este es el texto que el Papa Francisco colgó en la puerta de su despacho. La ciencia le da la razón: quejarse es malo para la salud.

El cartel (en italiano) en blanco y rojo, acompañado del signo de prohibido, en el despacho del Pontífice. Fuente: Vatican Insider.

El cartel -un regalo para el Papa del psicólogo italiano Salvo Noe, de acuerdo con Reuters- continúa así: “la penalización se dobla si la queja es en presencia de niños. Para obtener lo mejor de ti mismo, concéntrate en tu potencial y no en tus limitaciones. Deja de lamentarte y da pasos para mejorar tu vida”.

Estamos seguros de que el Papa, que se las habrá visto con cientos de quejosos desde 2013, cuando llegó al Vaticano, sabe de lo que habla. Pero además, la ciencia lo respalda. Autores como Steven Parton, de Psychpedia, inciden en que quejarse tiene graves repercusiones para la salud física y mental.

Para entender cómo opera el mecanismo de la queja, detengámonos un momento para hablar de las sinapsis. El cerebro realiza constantemente una gran cantidad de contactos entre neuronas, o sinapsis. En nuestro cerebro, las neuronas están separadas por un espacio vacío llamado hendidura sináptica. Cada vez que tenemos un pensamiento, una sinapsis dispara un químico a través de esta hendidura, creando un puente por el que cruzará una señal eléctrica. “Cada vez que se activa esta carga eléctrica, las sinapsis se agrupan para disminuir la distancia que esta carga eléctrica tiene que cruzar: el cerebro cambia sus propios circuitos, para hacer más fácil y más probable el desencadenamiento del pensamiento”, indica Parton.

Esto quiere decir que si tenemos pensamientos negativos de forma habitual, condicionamos a nuestro cerebro a ser más pesimista. Pensar de forma negativa repetidamente alimenta, por tanto, un círculo vicioso, y provoca además que sea más probable que los pensamientos negativos aparezcan al azar. Quejarnos a menudo hace que, cuando llega el momento de formar otro pensamiento, este opte por el “camino más corto” en nuestro cerebro.

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Quejarnos por todo, lo que lleva al consecuente cambio en las sinapsis del cerebro, también conduce a un debilitamiento del sistema inmunológico, aumenta la presión arterial y se incrementa el riesgo de padecer enfermedades del corazón, diabetes o incluso obesidad, de acuerdo con Parton. Por otro lado, con la negatividad liberamos más cortisol, la hormona del estrés. Niveles altos de esta hormona interfieren con “el aprendizaje y la memoria, la función inmune y la densidad ósea... y la lista continúa”, sentencia Parton.

¿Qué hacer? Practicar la gratitud nos ayuda a fortalecer el músculo del optimismo, así como rodearnos de personas felices y alegres. La empatía es un buen recurso para alejar esa negatividad de nuestro cerebro, pues cuando vemos a alguna persona sintiendo dicha, nuestro cerebro “prueba” esa misma emoción intentando realizar esas mismas sinapsis.

El reto de los 21 días sin quejas

El reto de los 21 días -el tiempo que necesita el cerebro para adoptar un nuevo hábito es justamente eso, un desafío para dejar de ser víctima y centrar la atención en lo que quieres en lugar de en lo que no te gusta: “Tengo calor”. “Le falta sal”. “Otra vez lluvia”. “Tengo frío”. “Odio los lunes”. “Qué lento”. “No me gustan los domingos...” y un largo etcétera.

La idea original nació de la mano de Will Bowen, un pastor que, en sus sermones, proponía a sus protestones feligreses permanecer 21 días sin quejarse. Para facilitarles las cosas, repartió una pulsera morada que debían cambiarse de muñeca cada vez que se lamentasen de algo, para poner el contador a cero y empezar otra vez. De la iniciativa surgió un movimiento con miles de seguidores en todo el mundo. Pero no hace falta esa pulsera. Cualquier cosa servirá: un anillo, una piedra en el bolsillo o incluso una cinta en el pelo.

La realidad es que con cada queja hacemos que el problema crezca. El yogui español Xabier Satrústegui lo expresa poéticamente: “Lo mismo que la nieve sólo se derrite cuando el sol aparece, sólo evolucionas cuando, ante lo que odias, hagas que el amor esté presente. La vida se transforma a tu alrededor cuando adquieres el hábito de no quejarte, criticar, chismorrear o victimizarte”.

Un apunte que hace el reto factible: si pasa por tu cabeza pero no llegas a expresarlo, no cuenta. Sólo sirven las quejas exteriorizadas; de otra forma, ni Santa Teresa (o el Papa, ya que estamos) pasaría la prueba.